DOS GRANDES HISTORIAS DE PADRES EN NUESTRA INDUSTRIA

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Con el fin de rendir un homenaje a tantos padres que día a día se esfuerzan por sus hijos y la familia entera, en esta edición quisimos resaltar la historia de dos sacrificados padres que trabajan en panaderías, quienes por varias décadas se han levantado de madrugada para luchar por un futuro mejor de sus queridos hijos.

Es un buen tipo mi viejo, que anda solo y esperando. Tiene la tristeza larga, de tanto venir andando.

Yo lo miro desde lejos, pero somos tan distintos. Es que creció con el siglo, con tranvía y vino tinto.

Viejo, mí querido viejo…

Es imposible leer o escuchar esos versos, sin que la figura de nuestros padres venga a la memoria. Es que son tantas las historias de los jefes de familias que han dedicado sus vidas enteras a luchar por el bienestar de sus hijos, incluso hasta edades avanzadas porque creen que esa tarea de amor nunca se termina.

Esto trasciende las clases sociales, ya que no estamos hablando sólo del apoyo monetario, sino de destinar tiempo, de entregar esa palabra de aliento y de dar el ejemplo. De hecho que en definitiva son determinantes para conformar la identidad de los hijos en el futuro.

Y como se acerca el día del padre, queremos rendir un homenaje a todos ellos, repasando las historias de dos esforzados trabajadores de nuestra industria, que por décadas se han levantado cada día para sacar adelante a los suyos.

CON HIJO DIFERENTE

Como cada día, en los últimos 30 años, una tarde encontramos a don José  Figueroa (51) elaborando pan en panadería La Floresta de San Bernardo. Es uno de los dos trabajadores más antiguos de esa empresa y padre de tres hijos.

Es originario de Los Ángeles, y llegó casi por azar a la panadería. Quería ser uniformado, así que se presentó al servicio y postuló a otras ramas de las Fuerzas Armadas. Pero no fue aceptado. Se vino entonces a Santiago a buscar oportunidades. Fue gracias a las consultas que hizo su tía, al proveedor del pan que había en el almacén en que trabajaba, lo que le permitió llegar hasta la panadería.

Tenía como 18  años y comenzó ayudando a repartir y realizando aseo. Al principio estaba asustado, porque nunca se había subido a un triciclo, no conocía bien la ciudad, ni a los santiaguinos. Pero fue bien recibido por los trabajadores antiguos, quienes le enseñaron las labores del negocio.

Mientras repartía conoció a una jovencita que vivía muy cerca de la panadería; se enamoraron y al poco tiempo se casaron. Fue justo en ese tiempo en que ascendió a panadero. Él tenía 22 años y ella unos 19.

jose figueroaSu hijo mayor, que lleva su mismo nombre, tiene hoy 29 años. Le sigue su hija Natalie, de 27, y Victoria de 23. Dice tener una relación muy buena con todos, aunque le fue bastante difícil sacar adelante a su hijo mayor, al cual a los 5 años le diagnosticaron autismo. “Yo no conocía esa enfermedad, por lo que no sabía cómo enfrentarla. Además, éramos muy jóvenes, era nuestro primer hijo y no recibimos ninguna ayuda del Estado”.

Como les sucede a muchas familias con niños diferentes, tuvieron que peregrinar entre muchos colegios para buscar un cupo para su hijo. Si bien en algunos lo aceptaban, a poco andar tenían que cambiarlo, pues no estaban preparados para ayudarlo.

En ese entonces el niño sufría muchas crisis, que eran complejas de manejar, por lo que no les quedó otra que recurrir a especialistas de forma particular. “Era carísimo. Estaban detrás del cerro Santa Lucía, así que teníamos que realizar largos traslados desde San Bernardo”.

Dice que sufrió la incomprensión de las personas en las calles y los microbuses, ya que su hijo tenía episodios similares a las “pataletas”, y le  daba pudor tener que explicar a quienes miraban que no era de mal criado, sino que tenía una enfermedad.

Para llevarlo a sus tratamientos, don José se levantaba muy temprano, lo dejaba en Santiago y luego ingresaba a su trabajo. Su esposa, era la encargada de ir a buscarlo horas más tarde.

Nacieron después sus otras hijas. En sus etapas escolares debieron inscribirlas en colegios de Santiago, para que tuvieran que realizar un mismo traslado junto al hijo mayor, que fue aceptado en un colegio especial del sector de Erasmo Escala (donde estuvo hasta lod 20 años). “

Don José reconoce que fueron años muy complicados, agotadores y con sacrificios en lo económico. Pero destaca que siempre tuvo el apoyo de sus empleadores. Claro que debido a tantos problemas y a que la vida familiar se orientó exclusivamente en los hijos, con su pareja se alejaron y el matrimonio llegó a su fin.

No obstante, hoy sigue viviendo en la casa familiar, ya que la lucha por su hijo. Es más, hoy deben enfrentar dos nuevas complicaciones en  su salud, ya que  padece de epilepsia y diabetes.

“Le hizo muy bien el colegio. Así que valió la pena. Gracias al trabajo de muy buenos especialistas, se hace su aseo personal, se cocina algunas cosas básicas y sabe usar el computador. Pero sabemos que nunca podrá ser independiente”.

Hoy le siguen dando sus crisis. “Como es un hombre grande, con más cuerpo que yo, a veces es difícil controlarlo. Eso me preocupa, porque uno no sabe hasta cuándo va durar”, nos comenta.

Pero la vida le hizo un regalo y hoy disfruta de su primer nieto, Emilio de 3 años. Él lo toma como una recompensa de la vida, ya que espera poder hacer con él lo que no pudo con su hijo mayor; como ir al estadio, jugar, ir al cine, etc.”Igual nos preocupa que se repita lo de mi hijo, porque a veces uno lo ve muy inquieto. Ese miedo queda”.

“Yo trate de hacer lo mejor que pude con mi hijo y también con mis dos hijas. Quizás a veces todos tuvimos que sacrificar muchas cosas por él, pero fue el camino que nos tocó recorrer. Yo di todo lo que pude. Hoy mi relación con ellos es muy buena. Nos disfrutamos como familia. A pesar de todo, somos muy unidos”.

LA PANADERÍA FUE SU PRIMER HOGAR

En su casa de Estación Central nos recibió don Segundo Donaide González Garrido, de 70 años.

Se crió en la población Lo Ovalle, del paradero 18 de Gran Avenida. No conoció a ninguno de sus padres. Le contaron que su papá fue carabinero y que murió de un balazo. Su madre, que se llamaba Rosa, lo dejó cuando era bebé con sus padrinos.

Lamentablemente, ellos no le dieron buena vida. Recuerda que durante su infancia no recibió cariño, fue golpeado, y no tuvo educación escolar. Dice que en ciertas etapas fue a la escuela para poder desayunar o recibir alguna comida, ya que en la casa en que vivía eran alcohólicos y rara vez le daban alimento.

“Yo creo que ni almorzaba, porque como a las 5 de la tarde me daba una hambre tremenda. Recuerdo que el profesor decía, ¿quién va a comprar hallullitas?… pero yo no tenía plata, así es que de repente alguno me daba un pedacito, y yo con eso era feliz”.

En algún momento se fue a inscribir al cantón de reclutamiento a San Bernardo, para ingresar al Servicio Militar. Pero lo vieron tan niño, que lo mandaron para la casa. Reconoce que no tiene claro qué edad tenía en ese entonces, ya que recién se inscribió en el Registro Civil después de ese trámite.

Al poco tiempo pasó algo que le cambió la vida. A la esquina de su barrio llegó un camión. Era la mudanza de la futura panadería “La Sureña”. Se ofreció para ayudar a bajar bultos y le pasaron los más pequeños, porque era muy menudito.

Desde entonces estrechó lazos con los dueños, don José Campos y doña Raquel Gálvez. Siempre les iba a ayudar, así que pronto le ofrecieron cierta cantidad de dinero por día a cambio de su trabajo. El primer viernes que recibió la paga se sintió millonario. “El domingo tomé una micro para ir a jugar a la pelota a Peñaflor y pagué con un billete. No podía creer la cantidad que recibí de vuelto. Luego me pague el almuerzo en un negocio y la once… fue un día inolvidable”.

Estaba feliz en la panadería, ya que tenía almuerzo, once y comida. Después le ofrecieron un espacio donde instalar una cama. No lo dudó, de inmediato se quedó puertas adentro y finalmente se sintió en un hogar. Allí aprendió a hacer empanadas, pan y otras masas.

Por un tiempo se trasladó a trabajar a otra panadería de la familia, ubicada en Quinta Normal. Allí conoció a Aurora Guerra, quien unos tres años más tarde congeló sus estudios universitarios para casarse con él y seguirlo a trabajar en una panadería de Antofagasta. Allí nacieron sus hijos Daniel y Patricio.

Más tarde se devolvieron a Santiago, ya que los dueños de la panadería comenzaron a trabajar una en Providencia. Los años siguientes,  don “Donald” -como le llaman- se desempeñó en distintos establecimientos, siempre buscando un sueldo mejor.

Como familia pasaron varias crisis. Una de ellas fue cuando uno de sus jefes se enojó con él y lo despidió. De la noche a la mañana se quedaron sin nada, a brazos cruzados y tuvo que empezar “de cero”.

Se acercó a un argentino que tenía una fábrica de pizzas y masas. Él le dio la oportunidad y comenzó ayudando en el aseo. Poco tiempo después ya elaboraba empanadas. Pero el sueldo no le alcanzaba para nada. Recuerda que por este motivo, cada 5 meses más menos, se cambiaba de un trabajo a otro.

Su golpe de suerte le llegó cuando don Víctor Castaño, dueño de la panadería La Principal de Recoleta, le permitió ir a vivir junto a su familia arriba de otra panadería que tenía en la calle Puente, frente del Mercado Central. No sólo eso, sino que financió la renovación del lugar, para que fuera apropiado y seguro para la familia.

don ronald“Me llegó todo como un regalo. Fui muy afortunado. Pudimos salir de la casa de mi suegra, donde vivíamos de allegados, y comenzar a ahorrar para la casa propia. En ese tiempo nació mi hija Macarena. Todo iba muy bien”.

Recibieron su casa y sacó una camioneta a crédito. Pero la perdió. El motivo fue que de un día para otro, le informaron que la panadería cerraba. Se quedó como “en blanco”, sin saber qué hacer, con el peso del dividendo y teniendo que mantener a una familia.

Así llegó a una panadería de Quinta Normal, luego a una de Estación Central y otra de El Salto. Allí, mientras descansaba en una camioneta, conoció a su actual jefe, José Carreño, quien lo llevó a la panadería San José, lugar donde lleva unos 8 años.

Al hacer un balance, dice que fue muy afortunado por formar una familia. “Yo no tenía nada de nada. Tuve mucha suerte de conocer a mi mujer, quien me dio unos hijos maravillosos, que me salieron muy inteligentes y muy buenas personas. Estoy súper orgulloso de ellos”.

Su hijo mayor, Daniel, ingresó a estudiar ingeniería en la Universidad de Chile, y hoy es un exitoso geólogo. El segundo, Patricio, ingresó a geografía en la Universidad Católica, y luego se cambió a la Chile (porque le gustaba más la forma en que allí se enseñaba). Actualmente realiza clases de esa especialidad. Y su hija menor, Macarena, está cursando pedagogía en matemáticas, tras superar un cáncer.

“Yo fui padre sin saber cómo serlo, ya que no tuve una familia. Puede que me haya equivocado más de alguna vez, pero he tratado de corregirlo”.

Su esposa agrega que los tres hijos están muy orgullosos de él y se alegran de presentarlo a sus amigos, ya que están conscientes de la lucha que ha dado para sacarlos adelante.

“Yo sufrí mucho. Cuando era niño yo estaba jugando en la calle, pasaba mi padrino y me pegaba. Lo mismo cuando me trataba de enseñar a leer. Varias veces me acostaba todo ensangrentado… Por eso, cuando me casé, dije que no quería ninguna pelea. Tuve la suerte de entrar en una familia que me acogió. Mis suegros, mis cuñados…Sin saber leer ni escribir, luché y luche. Hoy soy feliz por todo lo que hemos logrado como familia”.

Fuente: http://www.indupan.cl/?p=1339>http://www.indupan.cl/?p=1339/ por Carolina Solar

 

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